La emergencia que atraviesa Venezuela golpea con especial dureza a quienes menos pueden defenderse: nuestros niños, niñas y adolescentes. La inestabilidad cotidiana, la ruptura de rutinas y la incertidumbre han debilitado sus entornos de protección y afectado su bienestar emocional. Muchos viven hoy en espacios improvisados, marcados por el miedo, la ansiedad y la falta de condiciones básicas de seguridad.
En este contexto, el Movimiento Juvenil Huellas reconoce que la protección de la infancia es una urgencia que no admite demora. Desde hace años contamos con un Protocolo de Salvaguarda actualizado, fruto de nuestra preocupación constante por el bienestar de los NNA. Este instrumento, más que un documento técnico, es una guía ética que orienta nuestras acciones y establece criterios claros para crear Espacios Seguros y Protegidos en todas nuestras actividades. Hablar de ello hoy es necesario: conocemos la realidad que enfrentan los NNA y sabemos que garantizar su cuidado emocional es una responsabilidad ineludible.
Las recientes situaciones críticas han transformado la vida de miles de familias. Los niños y adolescentes han visto interrumpidas sus rutinas, desplazados sus espacios de seguridad y afectada su estabilidad emocional. Algunos permanecen en escuelas habilitadas, casas de familiares, plazas o incluso en sus propios hogares, pero sin las condiciones habituales de protección. En estos contextos, los riesgos se multiplican: miedo constante, regresiones, desorientación, exposición a la violencia, pérdida de supervisión y contacto con información traumática.
Para Huellas, un Espacio Seguro y Protegido es cualquier lugar formal o informal donde los NNA pueden expresarse sin temor, recibir contención emocional y recuperar pequeñas rutinas que les devuelvan estabilidad. Allí encuentran adultos que escuchan con serenidad, acompañan con respeto y sostienen con afecto. Es un entorno donde el juego, la palabra y la calma ayudan a recomponer lo que la crisis fractura.
Proteger implica gestos cotidianos: escuchar con paciencia, hablar con un tono calmado, mantener rutinas sencillas y explicar lo que ocurre con honestidad. También exige evitar conductas que dañan: gritos, presiones, indiferencia, exposición a noticias alarmantes o el uso del miedo como forma de control. Cuando un niño muestra señales de alerta como llanto frecuente, silencio prolongado, angustia, la respuesta de los adultos a su cargo debe ser inmediata y serena. Esto implica activar los primeros auxilios psicológicos, recurrir a las redes de apoyo comunitario y asegurar el traslado o canalización a entornos protegidos.
En Venezuela, estos espacios no siempre son estructuras formales. Muchas veces son comunidades organizadas, escuelas abiertas, casas de familiares o grupos de voluntarios que se convierten en sostén emocional para los más pequeños. Es allí donde nuestro compromiso institucional cobra sentido: poner nuestra experiencia en salvaguarda al servicio de la sociedad para ayudar a construir y replicar estos refugios de cuidado humano.
Garantizar Espacios Seguros y Protegidos es garantizar derechos. Es cuidar la vida emocional de quienes más dependen de nosotros. Es un acto de humanidad y una responsabilidad colectiva que nos convoca a todos.



