Cuando pienso en el Campamento Misión Semana Santa, siento que algo dentro de mí se acomodó, como si de repente todo tuviera más sentido. Yo llegué con ganas de servir, con la emoción de vivir algo distinto… pero nunca imaginé todo lo que Dios y la comunidad iban a mover en mí. Fue como si mi vida agarrara un rumbo nuevo sin que yo lo estuviera buscando.
Lo primero que me nace es agradecer. Estos días no fueron solo para ayudar: fueron para descubrirme. Para darme cuenta de que tengo talentos que no conocía y que puedo aportar más de lo que pensaba. En Huellas aprendí algo que ahora llevo muy presente: los límites no los pone la realidad, sino el miedo a no intentarlo. Y en la misión lo confirmé. Cada día me enseñó que siempre puedo aprender, compartir y crecer, sobre todo cuando camino con personas que buscan a Dios desde lo sencillo y lo auténtico.
Convivir con gente que no conocía, pero que compartía mi espiritualidad, fue algo que me marcó. Las oraciones, las dinámicas, los silencios… todo eso se volvió una escuela de liderazgo para mí. Un liderazgo que no va de mandar, sino de empatía, solidaridad, comprensión y respeto. Ahí entendí que la misión no solo transforma a las comunidades que visitamos; también nos transforma a nosotros, los que nos atrevemos a entregarnos.
Algo que siempre voy a recordar es el trato de las personas. Me hicieron sentir parte, sentir que mi historia tenía un lugar, que mi voz importaba. Esa es la magia de Huellas: uno nunca camina solo, siempre hay alguien que te acompaña, que te anima, que te recuerda quién eres.
Hoy puedo decir, sin dudarlo, que no me arrepiento de haber dicho “sí”. En la misión encontré motivación, claridad y propósito. Descubrí que con Dios todo es posible; sin Él, el camino pierde sentido.
Eduardo Vílchez
Huellas Azules II.
Fe y Alegría Nueva América





