Yenifer: «Huellas de fe y lazos de amor: el eco de un campamento que nos cambió la vida»

El Campamento Misión de Semana Santa 2026 dejó en mí algo que va mucho más allá de un simple recuerdo; es una marca de esas que no se borran con el tiempo. Si les soy sincera, lo que viví en esos días no fue solo una «experiencia institucional», fue un encuentro real conmigo misma, con Dios y con un grupo de personas que, al final, terminamos caminando al mismo ritmo, unidos por algo tan sencillo y fuerte como el servicio.

La verdad es que todo empezó con una mezcla rara de sensaciones al llegar. El aire fresco y el alboroto de todos contrastaban con el silencio que yo traía por dentro. No les miento: en esos primeros minutos me invadieron las dudas. Me preguntaba si encajaría, si de verdad podría seguirles el ritmo a los demás o si lograría, por fin, apagar el ruido de afuera para escuchar lo que mi propia voz tenía que decirme. Pero esa curiosidad por lo desconocido fue más fuerte que el miedo. Fue como una chispa que se encendió de golpe, y ahí entendí que mis temores se quedaban pequeños frente a la fuerza que ya Dios me estaba regalando.

Esa energía se sintió en cada dinámica, pero sobre todo cuando nos tocó salir a misionar. Caminamos muchísimo bajo el sol y, aunque el cansancio se sentía en los pies, el espíritu iba por otro lado, mucho más ligero. Y es que ver que no estaba sola marcaba la diferencia. Éramos un montón de jóvenes movidos por las ganas de ayudar, descubriendo que la fe no es algo abstracto, sino algo que se construye paso a paso, sudando la gota gorda y apoyándonos en el hombro del que tenemos al lado.

El campamento tuvo sus risas y sus anécdotas, claro, pero en el fondo fue el recordatorio de que el amor de Dios es lo que nos sostiene cuando parece que las fuerzas no dan. A veces, como jóvenes, nos hace falta que nos devuelvan la esperanza y nos digan que nuestra luz también puede iluminar el camino de otros.

Esa luz brilló de una forma muy especial el Sábado Santo, durante la Pascua Infantil. No se imaginan lo que fue servir a los más pequeños; recibir esa calidez de la gente fue un regalo inesperado. La hospitalidad y la ternura de las familias nos hicieron ver que Dios no está en las cosas complicadas, sino en esos gestos mínimos, en la bondad del día a día.

Al final, cada momento se volvió una oración sin necesidad de muchas palabras. Comprendimos que lo que hacemos deja rastro: huellas de entrega y de compromiso real. Como «huellistas», tenemos ese llamado a buscar una fe que no se quiebre a la primera dificultad. Este campamento me enseñó a confiar más en mí, pero, sobre todo, me recordó que, cuando caminamos juntos, siempre aparecen caminos nuevos donde antes solo veíamos muros.

Yenifer Bandera
Huellas Azules I
El Moralito, estado Zulia.