La paz no es un decreto ni un eslogan institucional. Es un movimiento vivo que se hace presente en las calles, en la palabra compartida y en cada gesto solidario que nace desde lo cotidiano. Durante el mes de mayo, las comunidades de Mérida, Maturín, Caracas, Zulia y Barquisimeto fueron escenario de una transformación profunda gracias a la gran movilización. Vamos a llevarla en paz. Su propósito fue dar vida a nuestro lema inspirador: “una paz que se construye desde el corazón y transforma la comunidad”.
A través de la Metodología de Intervención Comunitaria del Movimiento Juvenil Huellas, quedó demostrado que el buen trato es una fuerza imparable cuando germina en lo más íntimo de cada persona. La edición 2026 nos planteó un desafío hermoso y urgente: comprender que los cambios visibles en nuestras comunidades solo son sostenibles cuando nacen primero de la ternura, el diálogo sincero y la reconciliación interior, siguiendo las huellas de Jesús de Nazaret como el gran inspirador y artesano de la paz. El objetivo central fue promover la convivencia pacífica en sectores vulnerables, uniendo voluntades para desmontar violencias normalizadas, incluidas aquellas basadas en género.
La evidencia más gratificante de este proceso fue, sin duda, el liderazgo juvenil. Con una madurez que sorprendió y conmovió a los propios sectores participantes, adolescentes entre 14 y 17 años asumieron con autonomía el liderazgo común cada jornada. Nada fue improvisado: semanas de trabajo conjunto permitieron que jóvenes, animadores, agentes pastorales, madres y líderes comunitarios soñaran y diseñaran la ruta. Verlos crear pancartas con material reciclado, organizar puntos de sonido y facilitar con empatía la formación confirmó que no son espectadores de una actividad, sino agentes de cambio capaces de desarmar tensiones y modelar convivencia en su propio territorio.
El sábado 30 de mayo, esa fuerza juvenil hizo vibrar las calles. La caminata, cantos, consignas y música abrieron un ambiente de esperanza que dio paso a encuentros intergeneracionales donde niños, jóvenes y abuelos compartieron juegos tradicionales. Luego, un rally formativo centrado en el cuidado mutuo y las dinámicas culturales celebró la vida comunitaria. La jornada culminó con un almuerzo y meriendas fruto de la autogestión y la solidaridad local.
Esta fiesta de encuentro fue posible gracias al tejido colaborativo con aliados como el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), Fe y Alegría y diversas parroquias eclesiales. Al consolidar estos espacios seguros y participativos, Huellas reafirma que, cuando la paz se construye desde el corazón del liderazgo joven, la transformación comunitaria deja de ser un anhelo y se convierte en una realidad cotidiana en los rincones de Venezuela.
Por Evelyn Montilla
Coordinadora Nacional de Pedagogía y Pastoral Juvenil







